A ellos.

A los que dicen que viajo como vía de escape. 

Viajo para adentrarme en el mundo en el que vivo y conocer su diversidad. Su gente, sus paisajes, los idiomas y las lenguas, para compartir las emociones universales. Viajo para que mi capacidad de sorprenderme no mengüe. Para ampliar mis puntos de vista, para ver las cosas desde otra perspectiva. Viajo, no para huir ni para escapar, sino para hundirme dentro de mí y ver dónde está el fondo. Para cavar agujeros en la superficie y sobrepasar los límites que me imponen. 

A los que dicen que he cambiado. 

Sí, he cambiado. Soy un árbol de hoja caduca. A veces me verás con hojas, otras veces solo seré ramas y otros días me verás dando frutos. Cambio a menudo. El cambio es mi esencia, y me mantengo firme en esa constante. Si crees que no soy el mismo, te equivocas, soy el mismo árbol. Con más ramas, más atardeceres, más experiencia. Cuando me dices que ya no soy el que era, con cierto aire de lamento, lo que quieres decir es que ya no me parezco a ti, y por eso sonrío. Porque yo cambio.

A los que dicen que me gusta que me manden.

Cuando un niño de cuatro años le dice a su madre "no me gusta que me manden", no hace falta dar argumentos. No me gusta que me manden. Aunque alguien quiera creer que me gusta, recuérdalo, no me gusta que me digan cómo tengo que hacer las cosas. 

A los que dicen que la música no es lo mío. 

Lo mío es crear. Lo mío es explorar los diferentes códigos del lenguaje, aprender a utilizarlos, interiorizarlos y combinarlos para expresar mis sentimientos. Esos códigos pueden ser palabras, sonidos, pinceladas o fotos, pero lo mío es experimentar. No soy músico, pero mi música me lleva a unos estados que necesito sentir, y tampoco soy pintor, aunque sepa transmitir algo intercalando pinceladas. No soy escritor, aunque haya escrito novelas, ensayos y teatro. Déjame aclararte que lo mío es crear y experimentar. Lo mío no es la música, claro que no. Lo mío es la música y todo lo demás. 

A los que hice daño.

Me acuerdo de todos. Y siempre que hice daño a alguien fue por ignorancia, por falta de tacto, por vanidad o porque me sentía indefenso. Si hubiera sabido cómo haber evitado ese sufrimiento, lo habría hecho. Ahora que me conozco mejor, controlo mejor mis acciones y soy capaz de decir las cosas de manera más suave y sin dejar de faltar a la verdad, he comprendido la necesidad de ponerme en el lugar de la otra persona y creo que así no genero el daño que siempre acompañó a la brutalidad y la ignorancia. Pido disculpas a los que ofendí en su momento. Que sepáis que si hubiera conocido la clave para no hacerlo, habría actuado de otra forma. 

A los que me hicieron daño. 

Ya no me acuerdo de quiénes fueron los culpables de mis llantos, pero esos llantos quedaron atrás, y aunque me hicieron pasarlo mal, me quedo con lo que aprendí de ellos. Porque sufrir no es tan malo si uno acaba aprendiendo lecciones a partir de el dolor. En mi caso, aprendí a recibir las críticas con serenidad, a ser más humilde, a entender la necesidad de ser coherente con uno mismo, a ser íntegro a pesar de vivir en un mundo lleno de codicia y de injusticia. El sufrimiento me bajó los humos y la vulnerabilidad me hizo ser más humano todavía. 

A los que me juzgan. 

En un juicio, ni el que juzga ni el juzgado sacan beneficio alguno. Al contrario. Lo normal es que los dos salgamos perjudicados. Que me digas lo que es justo y válido para ti, puede que me sirva para conocer mejor tu perspectiva sobre ciertas cosas, pero no servirá para que lo que yo haga se amolde a tu criterio. No lo intentes. Mi experiencia, formación y las diferentes perspectivas con las que veo el mundo, seguramente sean diferentes a las tuyas, y precisamente por eso el mundo es rico en matices.