Hay en mí un impulso creativo que persigue retener la mirada de mis semejantes. Un deseo de capturarla y expresarla vívidamente para comprender qué hay ahí, en esa vida. Y la persona retratada, generalmente con pudor y avergonzada de mostrarse, se presta a posar porque quiere verse a través de otros, y también porque hay en nosotros un deseo de permanecer, aunque sea sobre una superficie en blanco, y de no borrarnos.

Mi afición por el retrato es la consecuencia de haberme sentido en otra dimensión cuando me quedaba paralizado contemplando un autorretrato de Van Gogh o me perdía prestando atención a la mirada misteriosa de las retratadas por da Vinci. Si consiguiera, aunque solo fuera una vez, captar esa fuerza contenida en una pupila, entonces ya podría abandonar gustosamente mi faceta de retratista. De momento solo estoy experimentando.