La coMMedia será mítica, o no será.

Mientras veía el monólogo de Ignatius titulado Papanatos Cum Laude, me vinieron muchas ideas a la cabeza.

¿Qué pensarías si en un espectáculo alguien del público subiera al escenario para que le chuparan un pezón?

Yo pensé en la pintura de Caravaggio, “La incredulidad de Santo Tomás” (1601-1602).

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La obra nos muestra el momento en el que Cristo Resucitado se ha aparecido a sus discípulos, pero Tomás aún no cree en su identidad, por lo que Cristo mete uno de sus dedos en la llaga del costado para reconocerlo como tal.

Es una escena deliberadamente prosaica que encarna una de las características más esenciales del barroco: aunar lo profano, lo divino y lo mitológico; provocando la atención y el rechazo a partes iguales.

Después me llamó la atención fue ese fondo idílico, como una especie de bahía que evocaba todo lo contrario al escenario en el que se desarrollaba la acción. Un sótano oscuro en Malasaña, con gente sudada, viendo a un tipo enorme medio desnudo hablando en bucle, con risas diabólicas entrecortadas y generando incómodos silencios.

Decorado descolorido con un trozo arrancado.

Decorado descolorido con un trozo arrancado.

Era un ambiente de lo más decadente, pero había algo mágico ahí, y por eso me atrajo.

La magia estaba en lo insólito de la situación y en el tenebrismo de la atmósfera, en la disposición tenue de la luz.

Todos sabemos que generar reacciones auténticas en el público cada vez es menos frecuente, estamos saturados de información muy valiosa y adormecidos por la subordinación frente a mandatarios que no saben gobernar.

Quien aplaude en los shows, atienda a los carteles; quien ríe las gracias, obedece al moderador del plató; quien para un coche, lo hace condicionado por la señal de STOP.

Para que la civilización reaccione de manera auténtica, debe actuar conforme a un impulso que venga de dentro y no de fuera, y para sentirlo, deberíamos dejar de prestar atención a esa saturación de códigos y debemos escuchar ciertos gritos sordos que nos provoquen inquietud y generen incertidumbre.

Él, Ignatius, ha venido aquí para eso.

Su grandeza consiste básicamente en recuperar esa capacidad de asombro y sorpresa. Ya sea chupando el pezón de un espectador, ya sea gritando como un loco al micrófono, o bien susurrando como un descerebrado con ganas de matar, Ignatius ha conseguido que reaccionemos.

Y para representar una de las temáticas más recurrentes de la centauromaquia, que es la barbarie frente a la civilización, creo que en la actualidad no hay mejor protagonista que él.

Ignatius Farray es un centauro.

La imagen me llegó tras una meditación. No entendí bien lo que significaba en ese momento, pero normalmente me fío de mi intuición y lo que hice fue sentarme a hacer un boceto.

El primer esbozo fue este:

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Cuando mi amigo Víctor me mencionó en twitter hablando sobre la idea de hacer caso a los sueños, yo le informé de mi nueva idea. Mencioné a Ignatius y él me contestó muy majete lo que viene a continuación.

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La Ilíada cuenta que los centauros llegaron a la celebración de boda de Hipodamía y Pirítoo. Eran unos salvajes habitantes de las montañas de Tesalia, y al emborracharse, trataron de abusar de las mujeres y de los efebos lapitas que allí había, pero gracias a Teseo, que era rey de Atenas amigo de Pirítoo, se desencadenó una batalla en la que estos últimos salieron victoriosos.

El rapto de Hipodamía (1636-1637), Rubens.

El rapto de Hipodamía (1636-1637), Rubens.

Una de las cosas que más gracia me hizo al pintar, fue el enorme ombligo. No sabía que los centauros tenían el ombligo ahí… Siempre pensé que irían en el vientre del caballo, no en el de la barriga.

Y reflexionando sobre el origen de ese cordón umbilical, me imaginé a la yegua pariendo un bebé que inmediatamente se pondría a caminar torpemente sobre sus cuatro patas.

Si asistiéramos al parto de un centauro, veríamos por primera vez a un niño recién nacido que, sin saber caminar, tiene un cuerpo que camina. Os podéis imaginar.

Hay un montón de representaciones de aquella fiesta, de hecho, para la mentalidad del siglo XXi, el tema de hombres desnudos librando combates homicidas, quizá parezca extraño, por no decir poco práctico, pero para un aspirante a escultor de finales del siglo XV estaba, como habría dicho Sigmund Freud “sobredeterminado”. (…)La combnación de esta extraña temática del homoerotismo y el antagonismo feroz parece reflejar algo profundo acerca de Florencia misma: una ciudad tristemente célebre por el pecado de sodomía y por sus feroces luchas de facciones.

Pero en mi pintura he preferido desvincularme del caos que generalmente transmiten, y he optado por hacer una pintura en la bestia aparece sola, protagonista de un escenario quimérico y gritando con la boca bien abierta, pero en silencio.

Quizá ese gesto es la última manera que nos queda para introducir un poco de anarquía en esta civilización en la que nos ha tocado vivir.